El bucle del laberinto.
Ramito de romero, con la gitana que voltea su mano y el nudo en la garganta. La hoja en el reflejo de esos ojos, pero no hay oro en sus manos. Perdida entre la multitud, corre como la bala que quiere impactar, y no impacta, porque no alcanza la fruta de aquel inmenso árbol que brota y brota sin descanso. Se duerme entre las páginas de aquel libro de autoayuda bajo la inmensa lluvia ácida y, cuando despierta, se abraza al robusto e inmenso tronco como si sujetase su propia vida. Los pies magullados por la maleza de la naturaleza, los aullidos de los lobos; la luna aún no ha partido. Busca entre el viento y el sonido de sus propios quejidos un río donde poder mojarse. Se pierde entre los colores de las flores y los sonidos de aquellos pájaros que cantan, porque un día es menos cruel si se envuelve de magia. Pero la magia es solo el espejismo de un truco orquestado por el marionetista y su gran espectáculo de títeres. Entrando en pleno bosque, una quema de osos, lluvia de meteoritos, empieza a golpear todo; el campo está a punto de arder, y al correr, ella pisa en el vacío, vuela hacia el centro de la tierra, y aunque Alicia encontró el país de las maravillas, en ella solo arde oscuridad. Ahora es todo un laberinto físico, pero siempre formo parte de su mente; alguna vez deseo encontrar la salida, pero nadie le dijo que tras uno sigue otro, y el infinito borda su propia voluntad o derrota. Instinto animal, busca la pieza de ajedrez con más movimientos, pero ella es el peón del rey y la reina. Se tapa con un par de ramas, para protegerse, y el sol, que hoy rebosa con fuerza, entre las betas de su piel, aparecen quemaduras, y aprieta los dientes, y llora, y llora, y grita, y chilla, y golpea todo. Resurge la voz del lobo más feroz de la tierra, aunque solo sea una brisa de instinto de supervivencia. Rebosa con vida, porque quiere extenderse como las raíces de los árboles, quiere alcanzar el río que le dio de beber y quiere trepar como una serpiente a la cima del árbol, quiere morder la manzana que Adán y Eva algún día mordieron.

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