El eco de una voz cada vez más tenue y disuelta.



No es un sueño, aún sigo despierta.
Y aunque se disfrace de metáfora, un sueño es un sueño.
Quien sueña, despierto o dormido, es deseable incluso amargo.
Parece más real que la propia realidad, efímero a fin de principios.
Perceptible en todos los sentidos, puede ser insostenible.
¿Es real cuanto creemos ver?
¿O tiene el mismo patrón de ilusionismo que el sueño más profundo?

Es tan distinguida una flor por su capullo, que más común es el nacimiento de su raíz.
Fundido a blanco, y en un fondo de luz, hay tanta oscuridad...
El sueño, que juega a ser realidad, y la realidad se ilusiona con el sueño que nunca se llega a quedar.
No es vital una pulsación acelerada, incluso aquella que ha sido adulterada,
y solo entonces persiste cuando no es enfermedad y se fortifica como un castillo inquebrantable de absoluta paz y tranquilidad.

Canta, en el aire, allí, donde todo vuela, o parece, no se ve, se intuye, no se ve, pero se describe, se le da forma, aunque no se ve, no se ve, no importa, todos sentimos el aire, es aire, y vuela, ¿Lo ves?, no importa, se siente, es vida.

Por eso, yo sigo siendo la raíz asistida de un banco de heridas construidas.
Somos. Nos perdemos, naufragamos, construimos cuanto percibimos, decidimos... o no.
Como escultura en base, la cuarteamos, sin mirar los elementos,
y tenemos formas para embellecerla, para responder a los cortes más profundos.
La admiramos, pero no la tocamos.
La tocamos, pero no la admiramos.
¿Qué estamos haciendo entonces?
No hay profundidad.
Esto solo es un terreno de asfalto con grietas por bordar.
¿Quién no quiere abrigarse en el frío?
¿Y quién no anhela un salto en el agua cuando el calor aún nos domina?

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